El Mensaje de Salvación Resumido
Publicado el 10 de April de 2026
Contenido
Introduccion Introducción
La base, razón y motivación del plan de salvación es el infinito amor del Padre y el Hijo. La máxima manifestación de ese amor se dio en el sacrificio de Jesús en la cruz del calvario. Aunque costosa para la Deidad, la salvación es totalmente gratuita para la humanidad por medio de la fe en Cristo.
En esta exposición intentaremos explorar el infinito amor de Dios como la base del plan de salvación. Asimismo, intentaremos explorar la metodología del plan de salvación en Cristo. Es decir, trataremos de contestar la pregunta más importante que todo ser humano debe hacerse: ¿cómo puedo ser salvo?
Desarrollo El Amor de Dios
El amor de Dios es la base, la razón o el motivo del plan de salvación. (Juan 3:16, Romanos 5:8, Efesios 2:4,5)
Dios es amor. El amor es la naturaleza de Dios. El amor es la mejor definición de la persona y el carácter del Creador. El amor es la fuerza más grande del universo. El amor es el secreto de la omnipotencia de Dios. (1 Juan 4:8, 1 Juan 4:16)
El amor de Dios nace de un corazón lleno de santidad, pureza, sinceridad y bondad. El amor divino es natural, genuino e intachable. El secreto de la belleza y la perfección de Dios radica en su amor. (Salmo 145:8,9)
El amor de Dios es incondicional. El amor de Dios es completamente desinteresado. El amor divino da sin pedir nada a cambio. El amor divino no se cansa de dar aun cuando solo recibe reproches y ofensas. (Deuteronomio 7:7,8; 1 Juan 4:10; Romanos 5:8)
El amor de Dios es el fundamento de su trono y gobierno universal. El amor de Dios es la ley que rige el universo y toda la creación.La ley de Dios es una descripción del amor divino. El amor es el gran principio del cual depende la ley de Dios. El amor es la ley que guía las relaciones interpersonales de todos los seres creados. El amor es el gran principio que sostiene y preserva la paz, la armonía, la felicidad y la prosperidad en toda la creación. (Salmo 89:14, Salmo 97:2)
El amor de Dios es inagotable e infinito. Nuestro Padre Celestial nunca deja de amar a sus criaturas, aunque éstas se conviertan en los más viles pecadores y le causen mucho dolor y tristeza. Su amor jamás pierde la paciencia y jamás abandona al pecador. Es el pecador el que decide rechazar el amor de Dios persistentemente hasta el punto de endurecer su propio corazón y volverse completamente insensible al amor Divino. El Padre Eterno finalmente respeta su decisión basada en el libre albedrío y permite que el pecador coseche las consecuencias de sus pecados. Prolongar el tiempo de gracia para los pecadores no tiene ningún sentido, porque ellos han perdido la capacidad de arrepentirse. Dios nunca abandona al pecador; es el pecador el que abandona a Dios. Cuando el pecador endurece su corazón y se vuelve insensible al amor de Dios, El Padre Eterno decide poner fin a su vida de pecado y sufrimiento. En este sentido, la muerte eterna representa para los pecadores un descanso eterno del dolor y sufrimiento del pecado. La muerte eterna de los impíos es un acto de amor de parte de Dios. El amor y la paciencia de Dios son verdaderamente infinitos. (Efesios 3:18,19; Lamentaciones 3:22,23; Jeremías 31:3)
El amor de Dios es un amor libre o “vaciado” del “yo” y el egoísmo. Mientras que el amor humano está inclinado al yo y el egoísmo, el amor de Dios está inclinado a servir a todas sus criaturas hasta el punto de sacrificar su propia vida por el bien de ellas. La mayor manifestación del amor de Dios y su Hijo Jesucristo, se dio en la cruz del Monte Calvario. El Padre estuvo dispuesto a sacrificar a su propio Hijo Unigénito por amor a la humanidad. Cuando el Padre dio a su Hijo para salvar al hombre, Él realizó un sacrificio supremo e infinito que estudiaremos por la eternidad sin poder nunca llegar a comprenderlo en su totalidad. Estudiaremos este maravilloso tema más adelante bajo el título: “El Supremo Sacrificio del Padre y el Hijo. (Filipenses 2:5-8, Romanos 5:10, Lucas 23:34)
Desarrollo La Gracia de Dios
La gracia de Dios se sustenta en su amor. Somos salvos gratuitamente por la gracia de Dios por medio de la fe. La gracia es el favor que Dios le hace al hombre de salvarlo del pecado, aunque éste no lo merezca en absoluto. Cuando el hombre cayó en pecado, éste quebrantó la ley de Dios voluntariamente, a pesar de haber sido advertido de las consecuencias que el pecado traería sobre él mismo y su descendencia. (Efesios 2:8,9; Romanos 3:24)
El pecado de Adán es una traición a su propio Creador. El pecado es una traición a la confianza y el amor de Dios. Cuando Adán pecó, éste eligió voluntariamente ser un enemigo de Dios, su reino y su santa ley. Al mismo tiempo, eligió ser un aliado de Satanás, el gran enemigo de Dios. Evidentemente, el hombre merecía con toda justicia cosechar la consecuencia y condenación de su propio pecado: la muerte eterna. (1 Timoteo 2:14, Colosenses 1:21, Santiago 4:4, Romanos 6:16)
Sin embargo, Dios hizo mucho más que solamente pagar la deuda del hombre y restaurarlo a su condición original antes del pecado en el Jardín del Edén. La gracia de Dios para con la humanidad es sobreabundante y va mucho más allá de la comprensión humana. (Romanos 5:20, 2 Corintios 9:14)
En primer lugar, los redimidos poseerán una vida eterna “incondicional”. Es decir, los redimidos vivirán con la garantía de una vida eterna sin la presencia del pecado, la tentación y sin el riesgo de volver a pecar. Lo contrario a la vida eterna “condicional” que Adán poseía en el Jardín del Edén. Esta estaba condicionada por la obediencia, la tentación y el riesgo de pecar. (Hebreos 9:12, Juan 10:28, Hebreos 10:14, Apocalipsis 21:27, Nahum 1:9)
En segundo lugar, Dios coronará al hombre redimido con favores y honores que éste no tenía originalmente, y que van más allá de nuestra imaginación. Dios creó al hombre un poco menor que los ángeles en rango. Los redimidos tendrán un rango mayor al de los ángeles, porque serán los hermanos menores y amigos especiales del Hijo de Dios para siempre. A través de su propia naturaleza humana, el Hijo de Dios quedará ligado a la humanidad redimida para siempre. Por si esto fuera poco, los redimidos serán coherederos con Cristo del reino de Dios, y se sentarán a la diestra del Padre junto con el Hijo y reinarán en los cielos nuevos y tierra nueva por la eternidad. ¡Qué manera de tratar a un enemigo pecador y traidor! ¡Sublime gracia! (1 Corintios 2:9; Hebreos 2:6,-11; Romanos 8:17; Apocalipsis 3:21; Efesios 2:6)
Desarrollo El Supremo Sacrificio del Padre y el Hijo
PRIMERO, el Padre estuvo dispuesto a soportar el dolor de perder a su Hijo para siempre.
Al tomar sobre sí la naturaleza pecaminosa de la humanidad caída, Cristo corrió el riesgo de caer en pecado bajo las terribles pruebas y tentaciones de Satanás; en consecuencia, morir para siempre. La biblia y el espíritu de profecía dejan en claro que Jesús tuvo que enfrentar las pruebas y tentaciones de Satanás por medio de la fe exactamente igual que nosotros, sin ninguna ventaja respecto de los creyentes. Como ser humano, Jesús corrió el riesgo y la espantosa posibilidad de pecar y sufrir la condenación de la muerte eterna. De haber pecado, Jesús se habría perdido juntos con toda la raza humana pecadora. Sin embargo, durante 33 años y medio, ¡Jesús nunca cometió un solo pecado! A pesar de haber adoptado la naturaleza pecaminosa de la humanidad caída, el Hijo de Dios nunca pecó. ¡La gloria sea para Dios! Romanos 8:3; Hebreos 2:14-17; Hebreos 4:14,15; 2 Corintios 5:21; Romanos 6:23; Ezequiel 18:4)
SEGUNDO, el Padre estuvo dispuesto a soportar el dolor de ver a su Hijo sufrir en carne propia la terrible experiencia de la separación eterna que el pecado produce entre el pecador y Dios, al padecer el castigo de la muerte eterna en lugar de los pecadores.
El Padre cargó sobre su propio Hijo el peso y la culpabilidad de los pecados pasados, presentes y futuros de toda la humanidad. En realidad, Jesús no sufrió una muerte de tres días, ¡Jesús sufrió la muerte eterna por todos los pecadores! Ese era el precio que debía pagar. Es decir, a pesar de que Jesús había predicho que iba a resucitar al tercer día, cuando agonizaba en la cruz, el Padre le quitó toda esperanza de resurrección y Cristo se sintió totalmente abandonado por su Padre para siempre. Esto fue infinitamente doloroso para ambos. Todo esto era necesario para obtener la salvación del hombre. Cristo no podía ver más allá de los portales de la tumba tenebrosa. En otras palabras, cuando Jesús moría en la cruz, Él moría con el pensamiento de que moriría para siempre y nunca más volvería a ver el rostro de su Padre. En esos instantes críticos, Jesús todavía podía arrepentirse de morir y recuperar instantáneamente su sustancia y naturaleza divinas y el trono universal. Sin embargo, Cristo se mantuvo firme en su decisión de sacrificar su vida por la redención del hombre. Es decir, Cristo murió pensando en que, si su muerte eterna obtenía la vida eterna de los seres humanos pecadores, lo demás no importaba. Jesús no murió pensando en su propia vida eterna sino en la vida eterna de nosotros. ¡Qué sacrificio! ¡Qué amor! ¡Esto es demasiado profundo para comprender! Para los ángeles y representantes de otros mundos, el evento del sacrificio de Cristo fue un espectáculo terrible que los llenó de un profundo respeto y admiración imborrable hacia el Padre y el Hijo. (Isaías 53:5; Gálatas 3:13; Mateo 20:28; 1 Pedro 3:18; Mateo 27:40-42; Lucas 23:35-37; Marcos 15:34)
TERCERO, el Padre estuvo dispuesto a ver a su Hijo renunciar a su naturaleza y sustancia divinas y adoptar la naturaleza humana para siempre como parte del plan de redención.
La biblia enseña claramente que Jesús conservará la sustancia y naturaleza humanas por toda la eternidad futura como el segundo Adán y nuevo Representante de la raza humana. En otras palabras, el Hijo de Dios conservará la misma naturaleza de los redimidos para siempre. Nunca más recuperará la sustancia y naturaleza divinas que poseía antes de la encarnación. ¡Cuán doloroso debe ser esto para el Padre! Por la eternidad, Cristo reinará como Rey de reyes y Señor de señores a la diestra de su Padre en el trono universal, pero con la naturaleza humana redimida. ¡Cuán infinito es el sacrificio y el amor de la Deidad! ¡Y saber que todo esto lo hicieron por amor a nosotros! Los redimidos estaremos agradecidos y en deuda con el Padre y el Hijo para siempre. Por los siglos de los siglos estudiaremos el costo de nuestra salvación sin poder comprenderlo en su totalidad. Por los siglos de los siglos alabaremos y adoraremos al Padre y al Hijo sin cansarnos ni aburrirnos. ¡Al Padre y al Hijo sea toda alabanza, honra, poder, gloria y adoración por los siglos de los siglos sin fin! Amén. (Filipenses 2:5-9; Hebreos 1:1-4; 1 Timoteo 2:5; Filipenses 3:20,21; 1 Corintios 15:49; 1 Juan 3:2; Hebreos 2:11)
Desarrollo Primera Fase: Salvación Objetiva
La metodología del plan de salvación se fundamenta en la justicia y sacrificio perfectos de Cristo. El método que Dios emplea para salvar a la humanidad se desarrolla en dos grandes fases. La primera fase es la salvación objetiva. La segunda fase es la salvación subjetiva. Por su parte, ambas fases del plan de salvación tienen tres componentes. Estos tres componentes son la justificación, la santificación y la glorificación.
La primera fase del plan de salvación es la salvación objetiva, la cual encierra la obra incondicional que Dios hizo en favor de toda la humanidad caída, aparte de la voluntad y experiencia humana. En la salvación objetiva, Dios redimió en Cristo, el segundo Adán, a toda la humanidad caída durante su ministerio terrenal a través de su nacimiento, vida, muerte y resurrección. En Cristo, Dios completó (tiempo pasado) la obra de justificación, santificación y glorificación de toda la humanidad caída. (1 Juan 2:2; 2 Corintios 5:19; Juan 1:29; 1 Corintios 1:30)
La segunda fase del plan de salvación es la salvación subjetiva, la cual encierra la obra condicional que Dios hace en favor de los creyentes, en la vida y experiencia de ellos por medio de la fe. En la salvación subjetiva, Dios reproduce la justicia de Cristo y hace realidad la experiencia de la salvación en la vida de los creyentes a través del ministerio de Cristo en el santuario celestial, en virtud del sacrificio y justicia perfectas obtenidas en Cristo, el segundo Adán, durante su ministerio terrenal. En Cristo, Dios realiza (tiempo presente y futuro) la obra de justificación, santificación y glorificación de los creyentes. (Efesios 2:8,9; Romanos 10:9; 1 Corintios 1:30)
Primero veamos la primera gran fase del plan de salvación: la salvación objetiva.
En la salvación objetiva, Dios completó en Cristo, el segundo Adán, la obra de la justificación, santificación y glorificación de toda la humanidad caída, durante el ministerio terrenal de Cristo a través de su nacimiento, vida, muerte y resurrección. La salvación objetiva de toda la humanidad caída fue posible gracias al “factor en Cristo” (en Adán) basado en los principios de “la creación corporativa” y “la ley de la herencia”. (Romanos 5:18; 1 Juan 2:2)
En la concepción de Cristo en la matriz de la virgen María, Dios puso a toda la humanidad caída en su Hijo. De esta manera, Dios, no solamente convirtió a Cristo en el segundo Adán y Nuevo Padre y Representante de la humanidad, sino también lo calificó para ser nuestro Redentor. En este acto, se llevó a cabo la unión de la Divinidad y la humanidad caída. Dios unió la vida santa de su Hijo con la vida pecaminosa de la humanidad caída que necesitaba salvación. La unión de la Divinidad con la humanidad caída es un hecho histórico y una realidad objetiva en Cristo. (Lucas 1:31-35; Mateo 1:18; Juan 1:1,14; Hebreos 2:14-17)
En el nacimiento de Cristo, Dios produjo una nueva creación de la raza humana. Cristo, el segundo Adán, es el Padre y Representante de una nueva humanidad. Al mismo tiempo, Cristo tomó sobre sí mismo la humanidad caída del primer Adán y cargó con ella durante toda su vida terrenal. Finalmente, en su muerte expiatoria en la cruz del Calvario, la humanidad caída del primer Adán murió para siempre. En la resurrección, Jesús resucitó con la naturaleza de la nueva humanidad, completamente liberada de la naturaleza de pecado de la antigua humanidad caída del primer Adán. El plan de salvación contempla la creación de una nueva humanidad y la destrucción de la antigua humanidad caída. El nacimiento y muerte de Jesús hicieron posible este doble propósito, efectuado por el poder y la sabiduría infinitas de Dios. Entonces, en Cristo, el segundo Adán, ¡toda la humanidad caída ha sido hecha una nueva creación! La nueva creación del hombre es un hecho histórico y una realidad objetiva en Cristo. (1 Corintios 15:45-47; Romanos 5:14-19; 2 Corintios 5:17; Efesios 2:15)
Justificación
En la muerte de Cristo, Dios completó la obra de la justificación de toda la humanidad caída, incondicionalmente, aparte de la experiencia humana. La justificación implica una obra de liberación de la culpabilidad y condenación del pecado. En su cuerpo de muerte, la humanidad caída del primer Adán murió para siempre. Es decir, cuando el segundo Adán murió, todos morimos con Él, porque todos estábamos en Él. Cristo pagó la condenación de la muerte eterna de la cual el hombre era culpable. De esta manera, toda la humanidad caída fue justificada para vida eterna. Dios liberó al hombre de la culpabilidad y la condenación del pecado. La justificación del hombre es un hecho histórico y una realidad objetiva en Cristo. (Romanos 5:18)
Santificación
En la vida de Cristo, Dios completó la obra de la santificación de toda la humanidad caída, incondicionalmente, aparte de la experiencia humana. La santificación implica una obra de liberación del dominio y la práctica del pecado. Durante toda su vida, Cristo manifestó una vida santa, sin pecado, en perfecta obediencia a la ley de Dios. Cristo reflejó el carácter de su Padre perfectamente. Al estar en Cristo, el segundo Adán, toda la humanidad caída ha sido santificada. La santidad y el carácter perfecto de Jesús son nuestros por herencia. Es decir, todos somos santos en Cristo. Dios liberó al hombre del dominio y la práctica del pecado. La santificación del hombre es un hecho histórico y una realidad objetiva en Cristo. (1 Corintios 6:11; Hebreos 10:14)
Glorificación
En la resurrección de Cristo, Dios completó la obra de la glorificación de toda la humanidad caída, incondicionalmente, aparte de la experiencia humana. La glorificación implica una obra de liberación de la naturaleza y presencia del pecado. La glorificación es el estado final y perfecto de la humanidad en Cristo, el segundo Adán.
En consecuencia, la glorificación implica la eliminación final y total del pecado de la vida de la humanidad tanto en el ámbito espiritual como en el ámbito literal. Por lo tanto, la obra de glorificación comprende dos etapas: una espiritual y otra literal. La glorificación espiritual es el requisito para la glorificación literal. Por un lado, la etapa de la glorificación espiritual implica la victoria total y final sobre el principio y la práctica del pecado. El principio o raíz del pecado es el egoísmo. La práctica del pecado se refiere a las transgresiones de la ley de Dios. Por otro lado, la etapa de la glorificación literal tiene que ver directamente con la eliminación total y final de la naturaleza y presencia del pecado de la humanidad. (Romanos 8:30; Efesios 2:6; Colosenses 2:12)
Para entender la etapa de la glorificación espiritual, debemos entender la gloria de Dios. La gloria de Dios es su carácter perfecto de amor. No existe glorificación sin la perfección de carácter. No existe la glorificación sin la perfección del amor. La máxima manifestación del carácter y el amor de Dios es el sacrificio de Cristo en la cruz. Al sacrificar su propia vida por la redención eterna del hombre, Cristo reflejó el carácter de amor de Dios perfectamente. Al mismo tiempo, aunque Jesús no tuvo la necesidad de obtener una victoria total sobre la práctica del pecado (porque Él nunca pecó), Cristo obtuvo una victoria total sobre el principio o la raíz del pecado, el cual es el egoísmo. De hecho, Jesús nunca practicó el pecado porque Él vivió una vida totalmente victoriosa sobre la ley del egoísmo del pecado a través de una completa dependencia de su Padre Celestial. Al tomar la decisión de sacrificar su propia vida por la salvación eterna de la humanidad, Cristo estimó la vida del hombre como más preciosa que la suya. Esta decisión es una revelación perfecta del carácter y el amor de Dios. Esta decisión produjo la glorificación de Cristo. Al revelar y reflejar el carácter perfecto de Dios (perfección de carácter), Cristo glorificó a su Padre. En presencia de un Dios complacido, Cristo reveló la verdadera grandeza y gloria de su Padre, el cual consiste de su amor incondicional, completamente vacío del egoísmo. Al estar en Cristo, el segundo Adán, la humanidad caída ha obtenido una victoria total sobre el principio del egoísmo del pecado y la práctica del pecado. (Éxodo 33:18,19; Éxodo 34:6,7; Hebreos 1:3; 2 Corintios 4:6; 1 Juan 4:8; Filipenses 2:5-8; Juan 14:8,9))
Ahora bien, la etapa de la glorificación literal, se realizó en el evento de la resurrección de Cristo. Cuando Cristo resucitó, toda la humanidad caída fue glorificada literalmente. Dios liberó al hombre de la naturaleza y la presencia del pecado. Todos resucitamos, recibimos un cuerpo inmortal y fuimos al cielo con Cristo porque estábamos en Él. La glorificación del hombre es un hecho histórico y una realidad objetiva en Cristo. (Colosenses 2:12; Colosenses 3:1-3)
Desarrollo Segunda Fase: Salvación Subjetiva
En la salvación subjetiva, por medio del ministerio sacerdotal de Cristo en el santuario celestial, Dios aplica y reproduce en la vida de los creyentes la obra de la justificación, santificación y glorificación previamente producidas en Cristo durante su ministerio terrenal a través de su nacimiento, vida, muerte y resurrección. Es necesario comprender que, aunque Dios ya ha redimido en Cristo a toda la humanidad de forma objetiva e incondicional, la salvación es un regalo que debe ser aceptado por medio de la fe, para ser efectivo en la experiencia del hombre. (Hebreos 9:11,12; Hebreos 7:25)
Justificación
Por medio de la fe, Dios produce gratuitamente la justificación en la vida de los creyentes. Esta obra sucede en el momento que el creyente acepta la salvación. Es el privilegio del creyente reclamar la justificación como herencia suya en Cristo. Es importante señalar que, la justificación le otorga cobertura al creyente durante toda la vida. Al recibir la experiencia de la justificación, el creyente queda libre de la culpabilidad y condenación del pecado. Por medio de la fe, el creyente acepta que su humanidad caída murió para siempre en la cruz de Jesús, porque murió con Cristo, porque estaba en el segundo Adán. El creyente acepta que, en Cristo, él ha muerto al pecado y que ahora vive para la justicia. Al aceptar su muerte en Cristo, el creyente acepta la cancelación de la deuda de su pecado. En ese momento el creyente experimenta la liberación de la culpabilidad y la condenación del pecado y la justificación para vida eterna. El creyente experimenta una paz que sobrepasa todo entendimiento y la seguridad de la salvación y el amor de Dios. Aunque la justificación es un acto puntual, ella provee al creyente de la cobertura y la seguridad de la salvación durante toda su experiencia cristiana. El creyente debe renovar la experiencia de la justificación diariamente por medio de la fe para conservar su cobertura durante toda la vida. (Romanos 5:1; Romanos 3:28)
Santificación
Por medio de la fe, Dios produce gratuitamente la santificación en la vida de los creyentes. Esta obra se realiza durante toda la vida del creyente. Es el privilegio del creyente reclamar la santificación como herencia suya en Cristo. Al recibir la experiencia de la santificación, el creyente queda libre del dominio y práctica del pecado. El creyente comienza a experimentar la santificación cuando acepta por medio de la fe que, la vida y la justicia de Cristo son suyas por herencia, porque estuvo en Cristo durante su vida terrenal. El creyente acepta que Dios active y reproduzca en su vida la herencia de la obediencia y el carácter de Cristo a través de una dependencia diaria del poder del Espíritu Santo. Mientras el creyente aprende a depender del poder de Dios totalmente, experimenta un crecimiento en el proceso de la santificación. Esto implica un crecimiento en la victoria sobre el principio del egoísmo del pecado, así como la práctica del pecado. El creyente crece en la obediencia de los mandamientos de Dios y en la victoria sobre las pruebas y las tentaciones. A medida que va creciendo, el creyente va reflejando más y más el carácter de Cristo en su diario vivir. La santificación es un proceso de toda la vida; por lo tanto, es necesario renovarla diariamente en la experiencia cristiana por medio de la fe. (Hechos 26:18; Romanos 6:22)
Glorificación
Por medio de la fe, Dios producirá gratuitamente la glorificación de Cristo en la vida de los creyentes. Esta obra será completada en ocasión de la segunda venida de Cristo. Al recibir la experiencia de la glorificación, el creyente quedará libre de la naturaleza y presencia del pecado. A pesar de que, el creyente experimentará la plenitud de la glorificación hasta la segunda venida de Cristo, es el privilegio del creyente en el presente, reclamar la glorificación (futura) como herencia suya en Cristo. Como hemos visto anteriormente, la glorificación es el estado final y perfecto de la humanidad en Cristo. La glorificación implica la eliminación final y total del pecado de la vida de la humanidad tanto en el ámbito espiritual como en el ámbito literal. Por lo tanto, la obra de glorificación consiste de dos etapas: una espiritual y otra literal. La glorificación espiritual es el requisito para la glorificación literal. Por un lado, la etapa de la glorificación espiritual implica la victoria total y final sobre el egoísmo y la práctica del pecado. El egoísmo es la raíz y causa del pecado. La práctica del pecado es el resultado del egoísmo y se manifiesta en la transgresión de la ley de Dios. Por otro lado, la etapa de la glorificación literal implica la eliminación total y final de la naturaleza y presencia del pecado de la humanidad. Esto sucederá hasta la segunda venida de Jesús cuando recibamos un cuerpo inmortal y seamos trasladados al cielo. (Romanos 8:17; 1 Corintios 15:51-53)
Como vimos anteriormente, para poder entender la etapa de la glorificación espiritual, debemos primero entender la gloria de Dios. La gloria de Dios es su carácter. El carácter de Dios es amor. No existe glorificación sin la perfección de carácter. La perfección de carácter, se manifiesta en la obediencia perfecta a la ley de Dios, la cual depende del amor.
Por lo tanto, en la etapa de la glorificación espiritual, Dios reproducirá en la vida de los creyentes, el carácter y amor de Cristo manifestados en la obediencia perfecta a la ley de Dios. Para la gloria y complacencia de Dios, los creyentes experimentarán una victoria total sobre el egoísmo y la práctica del pecado. Esta obra deberá completarse antes del fin de la gracia, porque Dios no puede sellar a su pueblo y darle la plenitud del poder del Espíritu Santo de la lluvia tardía, sin haber previamente obtenido la victoria total sobre el pecado.
Sin la madurez espiritual y la perfección de carácter, el pueblo de Dios tampoco estará listo para obtener victoria sobre la marca de la bestia y el tiempo de angustia de Jacob, ya que estas dos últimas pruebas, no servirán para ayudar al pueblo de Dios a alcanzar la madurez espiritual y la perfección de carácter, sino que servirán para evaluarlas.
Más aún, el pueblo de Dios debe prepararse para vivir sin un Intercesor en el santuario celestial. Cuando Cristo deje de interceder por su pueblo al fin de la gracia, ya no habrá nadie que perdone los pecados cometidos por su pueblo. Por esta razón es necesario que el pueblo de Dios experimente la victoria total sobre el pecado antes del fin de la gracia. El pueblo de Dios deberá haber desarrollado una fe inquebrantable en Cristo, antes de las pruebas de la marca de la bestia y el tiempo de angustia de Jacob. Esto quiere decir que, durante todo el proceso de la glorificación espiritual antes del fin de la gracia, el pueblo de Dios permanecerá en la tierra, estando todavía en su estado mortal con la naturaleza de pecado en su cuerpo y en la presencia del pecado.
La glorificación espiritual es paralela a la obra de la purificación del santuario celestial en el lugar santísimo donde se manifiesta la presencia y la gloria de Dios. (Éxodo 33:18,19; Éxodo 34:6; Efesios 4:13; Colosenses 1:28; 1 Juan 3:6,9; Judas 1:24; Santiago 4:7)
Lo más hermoso de la etapa de la glorificación espiritual es que, el pueblo de Dios alcanzará la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, y tendrá a Cristo plenamente formado en su vida, porque ama a Dios con todo su corazón, con toda su mente y con todas sus fuerzas. Los creyentes aman a Dios porque Él los amó primero. Aman a Dios porque Él dio todo que tenía para salvarlos. La iglesia final estará dispuesta a reflejar el carácter de Cristo manifestado en la obediencia estricta a todos los mandamientos de Dios, porque sabe que es la única manera de vindicar el carácter y defender el honor de Aquél que los amó hasta la muerte. El pueblo de Dios sabe que esta es la única manera de refutar la falsa acusación de Satanás, que ha declarado públicamente que el hombre es incapaz de obedecer la ley de Dios en su naturaleza pecaminosa. Más aun, el pueblo de Dios estará dispuesto a perder su vida con tal de honrar a Dios. Para ellos el honor de Dios es más valioso que sus propias vidas. Esto es exactamente lo que constituirá la máxima manifestación de la glorificación espiritual del pueblo de Dios. La iglesia final glorificará a Dios, y Dios la glorificará a ella. Esta maravillosa experiencia está reservada para el último remanente, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Esta será la iglesia triunfante, la iglesia de los 144,000 sellados que pasará por las crisis de la marca de la bestia y la gran tribulación. (Lucas 10:27; 1 Juan 4:19; Filipenses 1:29; 1 Pedro 4:13,14)
Finalmente, la segunda etapa de la glorificación (la literal), será producida en la vida de los creyentes fieles en la segunda venida de Jesús cuando recibamos cuerpos inmortales y seamos trasladados al cielo. Hasta entonces seremos liberados totalmente de la naturaleza y presencia del pecado para siempre. No habrá pecado, ni pecadores, ni pruebas ni tentaciones para siempre. Esta es la meta final del plan de salvación. Esta es la atmósfera de la vida eterna. (Filipenses 3:20,21; Romanos 8:17,18; Apocalipsis 21:3,4,27)
Desarrollo El "Factor en Cristo" en el Plan de Salvación
La Creación Corporativa y la Ley de la Herencia
Es imposible tener un entendimiento completo del plan de salvación y el evangelio sin el conocimiento del “factor en Cristo” (en Adán) y el papel que juegan los principios de “la creación corporativa” y “la ley de la herencia”.
El “factor en Cristo” (en Adán) es una enseñanza bíblica que explica muchas cosas del plan de salvación que de otra manera son imposibles de comprender. El “factor en Cristo” (en Adán) se basa en “la creación corporativa”. “La creación corporativa” es un principio bíblico que enseña que Dios creó a toda la humanidad en un solo hombre, en Adán. La biblia se refiere a esta verdad, a través del uso de las frases "en Cristo", "en el Señor" o "en Jesús" alrededor de 190 veces, mayormente en los escritos del apóstol Pablo.
Cuando Dios creó a Adán, creó también a toda la raza humana en él. Adán no fue un ser individual aislado, sino un ser corporativo porque todos estábamos en él. Es decir, Dios puso a toda la humanidad en Adán, constituyéndolo en el padre y representante de la raza humana. (Efesios 2:8,9; 2 Corintios 5:17; Romanos 8:1; 1 Corintios 15:45-49; Romanos 5:17-19; Hebreos 7:6-9; Génesis 5:1,2)
Por otro lado, “la ley de la herencia” es un principio bíblico que enseña que la raza humana ha sido creada de una sola sangre. Es decir, todos los seres humanos compartimos un solo linaje y una sola vida. En Adán estaban “las vidas” de toda su descendencia. En otras palabras, los seres humanos somos la multiplicación de la vida de Adán. De esta forma, las decisiones morales y espirituales de Adán afectarían a toda su descendencia genealógica a través de la línea de sangre, gracias a “la ley de la herencia”. Lamentablemente, Adán cayó en pecado, contaminando de pecado al linaje humano. A causa del “factor en Cristo” (en Adán) y “la creación corporativa”, cuando Adán pecó, todos pecamos en él, porque todos estábamos en él. Los humanos no pecamos como Adán, sino pecamos en Adán. Todos los seres humanos fuimos constituidos pecadores. De esa manera, toda la humanidad heredó de Adán una vida o sangre contaminada por el pecado y la muerte eterna. (Génesis 5:1,2; Hechos 17:26; Romanos 5:17-19; Romanos 3:23)
Es importante señalar que, Dios no nos hace responsables ni culpables por ser pecadores o por haber heredado una naturaleza pecaminosa; Dios nos hace responsables y culpables únicamente cuando rechazamos las buenas nuevas de la salvación gratuita en Cristo. (Juan 3:19; Oseas 4:6)
Valiéndose del “factor en Cristo” (en Adán) con base en el principio de “la creación corporativa” y “la ley de la herencia”, Dios se propuso crear de nuevo a la humanidad caída en Cristo, el segundo Adán. Después de la caída del primer Adán, Dios envió al Mesías, el Unigénito Hijo de Dios, para ser el segundo Adán. En la concepción terrenal de Cristo en la matriz de la virgen María, Dios puso a toda la humanidad caída del primer Adán, en su Hijo Jesucristo, el segundo Adán, constituyéndolo en el Nuevo Padre y Representante de la humanidad y calificándolo para ser nuestro Redentor. Gracias al “factor en Cristo” (en Adán) y “la creación corporativa”, todos los seres humanos nacimos, vivimos, morimos y resucitamos con Cristo, el segundo Adán, porque todos estábamos en Él. En Cristo, todos tuvimos una vida santa en completa obediencia a los mandamientos de Dios. En Cristo, todos tuvimos una vida que reflejó perfectamente el carácter de amor de Dios. Gracias a “la ley de la herencia”, la justicia, santidad y victoria terrenales de Cristo, así como su vida eterna, son nuestra herencia genealógica a través de la línea de sangre del segundo Adán, el Nuevo Padre y Representante de la humanidad. Todos los humanos hemos heredado la vida justificada, santificada y glorificada de Cristo. En Cristo y por medio de Cristo, toda la humanidad caída ha sido calificada para la vida eterna. La redención de la humanidad caída es un hecho histórico y una realidad objetiva en Cristo. Esta es la salvación objetiva, la primera fase de la salvación en Cristo. (1 Corintios 1:30; Juan 19:30; 2 Corintios 5:19; Romanos 5:18; 1 Juan 2:2)
En la salvación subjetiva, la segunda fase del método de salvación, Dios reproduce gratuitamente la justicia y el carácter de su Hijo en la vida de los creyentes, en virtud de la justicia y sacrificio perfectos previamente obtenidos en Cristo durante su ministerio terrenal. Por medio de la fe de los creyentes, Dios procede a la activación y reproducción de la justificación, santificación y glorificación que son la herencia de los creyentes en Cristo, el segundo Adán, Nuevo Padre y Representante de la humanidad. (1 Corintios 1:30; Efesios 2:8,9)
Estas son las buenas nuevas del evangelio eterno. Este es el mensaje de la justicia de Cristo. Este es el mensaje de la justificación por la fe. Este es el corazón del mensaje del santuario. Este es el corazón del mensaje del nuevo pacto. Este es el corazón del mensaje a la iglesia de Laodicea. Este es el corazón del mensaje de los tres ángeles. Este es el corazón del último mensaje de amor, salvación y advertencia que ha de ser predicado en todo el mundo “por testimonio a todas las naciones y entonces vendrá el fin”. ¡Aleluya! (Apocalipsis 14:6-12; Apocalipsis 3:14-22; Hebreos 9:12; Jeremías 31:31-33; Filipenses 3:9; Mateo 24:14)
Desarrollo Las Dos Grandes Fases del Plan de Salvación
Comparación de las Dos Fases del Plan de Salvación
Salvación Objetiva vs Salvación Subjetiva
1. La salvación objetiva es una obra “objetiva” porque es una actividad que se realizó completamente aparte de la experiencia humana. La salvación subjetiva es una obra “subjetiva” porque involucra la experiencia del creyente. (1 Juan 2:2; 1 Timoteo 4:10)
2. La salvación objetiva es una obra unilateral, que ha sido planificada, desarrollada y terminada en su totalidad por Dios, de manera independiente, sin absolutamente ninguna participación o contribución humana. La salvación subjetiva es una obra bilateral realizada por Dios en la vida de los creyentes, con la cooperación humana voluntaria por medio de la fe. (Efesios 2:8,9; Hebreos 12:2; Jonás 2:9)
3. La salvación objetiva es una obra incondicional, porque no requirió el ejercicio de la fe y voluntad humanas. La salvación subjetiva es una obra condicional porque requiere el ejercicio de la fe y voluntad humanas. (2 Corintios 5:19; Juan 3:36)
4. La salvación objetiva es un proceso totalmente terminado en el pasado durante el ministerio terrenal de Cristo como el Cordero de Dios en el atrio del santuario, a través de su nacimiento, vida, muerte y resurrección. La salvación subjetiva es un proceso no concluido, que inició en el pasado y continúa en el presente a través del ministerio sacerdotal de Cristo en el santuario celestial, en virtud de su justicia y sacrificio perfectos previamente obtenidos durante su ministerio terrenal. (Juan 19:30; 1 Corintios 1:18)
5. La salvación objetiva es una obra meritoria porque se fundamenta en los méritos de la justicia y sacrificio perfectos de Cristo producidos durante su ministerio terrenal, los cuales son aceptables y agradables a Dios, y son suficientes para salvar hasta lo sumo a la humanidad caída. La salvación subjetiva es una obra inmeritoria porque no tiene ningún mérito de salvación. Es decir, el creyente no se salva por lo que Dios hace en su vida, sino por lo que Dios hizo por él en Cristo. Sin embargo, al tratarse de la obra que Dios hace en la vida de los creyentes, ésta sirve de evidencia y testimonio a favor de la predicación del evangelio y la salvación de las almas. Asimismo, esta obra proporciona la evidencia y testimonio que son presentados en el juicio final (que está actualmente en proceso) para demostrar la fe de los creyentes. (Romanos 5:19; Juan 15:5)
6. El fundamento de la salvación objetiva es la justicia y sacrificio perfectos de Cristo producidos durante su ministerio terrenal en su nacimiento, vida, muerte y resurrección. Para redimir a la humanidad caída, fue necesario que el Unigénito Hijo de Dios tomara sobre sí la naturaleza humana caída que vino a salvar. El fundamento de la salvación subjetiva es también la justicia y sacrificio perfectos de Cristo obtenidos durante su ministerio terrenal. Sin embargo, Dios aplica a los creyentes los méritos de la justicia y sacrificio perfectos de su Hijo, durante el ministerio sacerdotal de Cristo en el santuario celestial. (Hebreos 10:14; Romanos 3:24,25)
7. En la salvación objetiva, Dios completó la obra de la justificación, santificación y glorificación de toda la humanidad caída por medio del ministerio terrenal de Cristo. En la salvación subjetiva, Dios procede a la aplicación y reproducción de la obra de la justificación, santificación y glorificación previamente obtenidas en Cristo, en la vida de los creyentes, a través del ministerio sacerdotal de Cristo en el santuario celestial. Hebreos 9:26; Hebreos 7:25)
8. La salvación objetiva es la obra que Dios hizo en Cristo a través del Espíritu Santo, durante su ministerio terrenal, en favor del hombre (lo que Dios hizo por mí). Esta obra está representada por la fórmula: “el hombre en Cristo” (yo en Cristo). La salvación subjetiva es la obra que Dios hace en el creyente por medio de la presencia de Cristo en su vida a través del Espíritu Santo, como resultado del ministerio sacerdotal de Jesús en el santuario celestial (lo que Dios hace en mí). Esta obra está representada por la fórmula “Cristo en el creyente” (Cristo en mí). (Romanos 5:8; Gálatas 2:20)
9. La salvación objetiva es una obra de carácter universal, corporativo e inclusivo que abarca a toda la humanidad caída desde Adán hasta la última persona en venir a nacer en este mundo. La salvación subjetiva es una obra de carácter particular, personal y exclusivo que abarca únicamente a los creyentes. (Romanos 5:18; Juan 3:16)
10. La salvación objetiva es la fase de elaboración o producción de la salvación. En esta fase, Dios produjo en Cristo el modelo original, prototipo o demostración de la salvación durante su ministerio terrenal. Es decir, lo que Dios hizo en Cristo es el modelo original de la salvación. En la salvación objetiva, Cristo es el ejemplo perfecto en pasivo, a esperas de ser imitado por la humanidad. La salvación subjetiva es la fase de aplicación o reproducción de la salvación. En esta fase, Dios aplica o reproduce en la vida de los creyentes, el modelo original de la salvación obtenida previamente en Cristo. Es decir, lo que Dios hace en nosotros es la reproducción del modelo original de la salvación. En la salvación subjetiva, Cristo es el ejemplo perfecto en activo, imitado por los creyentes. (Lucas 19:10; Colosenses 1:27)
Conclusion Conclusión
Es imposible conocer el plan de salvación en su totalidad sin entender la metodología que Dios emplea para salvar a la humanidad. El método del plan de salvación consiste de dos grandes fases: la salvación objetiva y la salvación subjetiva. Por su parte, cada una de estas dos fases, consiste de tres etapas: la justificación, la santificación y la glorificación.
En la salvación objetiva (la primera fase), Dios salvó - justificó, santificó y glorificó - a toda la humanidad caída durante el ministerio terrenal de Cristo: nacimiento, vida, muerte y resurrección. La justicia y sacrificio perfectos de Cristo hizo posible esta fase de la salvación.
Si embargo, como Dios respeta el libre albedrío de todos los seres humanos y no obliga a nadie, la salvación objetiva debe ser aceptada por el creyente para poder formar parte de su experiencia y recibir todos sus beneficios. (Apocalipsis 3:20; Deuteronomio 30:19)
Es precisamente aquí donde se activa la salvación subjetiva (la segunda fase). Dios salva - justifica, santifica y glorifica a todo aquel que humildemente se acerca a Él con fe. A través del ministerio sacerdotal de Cristo en el santuario celestial, Dios aplica los méritos de la justicia y sacrificio perfectos de Cristo a la vida y experiencia del creyente.
En ambas fases de la salvación, de principio a fin, la obra es toda de Dios. De principio a fin, la parte del hombre es la fe solamente. ¡Toda la gloria y el poder sea para Dios Padre y su Hijo Jesucristo!
La gracia, la paz y la bendición de Dios sea contigo.